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"Carver y yo" pretende ser el testimonio de esas ganas de vivir que Tess Gallagher compartió con Carver 02/12/2011Publicado en Eterna Cadencia



La relación comenzó bajo circunstancias nada favorables. Entre ambos, lo comentaba Tess Gallagher en su artículo Granta, dejaban atrás “algo así como treinta años de fracaso matrimonial”. La primera noche terminaron en un hospital de Texas en medio de unos cuantos médicos y enfermeras que no se creían que el desgarrón que tenía Tess en el agujero del lóbulo de la oreja hubiera sido un accidente (sí lo fue). También recuerda en el artículo cómo se le quedaba mirando su arruinado compañero cuando ella sacaba la tarjeta de crédito.

Sin embargo, su vida en común tuvo que ver más con el instinto que con el azar. Convertirse en el apoyo de Carver –un amigo lo había definido como “el hombre más triste que he conocido”– era una apuesta arriesgada. Pero cuando Tess apuesta, confía en su instinto: “Finalmente el número veinticuatro se me apareció con tanta claridad, con tanta certeza –comenta refiriéndose a una noche de suerte en el casino de Wiesbaden– que debía apostar por él. Dostoievski estaba conmigo”. Cuando se conocieron, esta mujer tan impulsiva tenía treinta y cuatro años y estaba más asentada en el ámbito literario, familiar y social de toda la costa del Pacífico de lo que Carver hubiera podido soñar en aquel momento. Con su habitual paciencia, lenta pero segura, le ayudó a recuperar las ganas de vivir.

Carver y yo pretende ser el testimonio de esas ganas de vivir que Tess Gallagher compartió con Carver y a las que se ha referido como “ese colchón de esperanza en el que extendimos nuestra vida más allá de lo provisional”. Aunque los textos están escritos tras la muerte de Carver, Gallagher se mueve con asombrosa serenidad entre el pasado y el presente. Afronta cada nuevo proyecto con la misma honestidad que depositó en El puente que cruza la luna[*], el libro de poemas que expresa su travesía por el dolor tras la muerte de Carver. Quien haya leído El puente que cruza la luna encontrará resonancias familiares en la prosa de Carver y yo, pero nada hace presagiar su carácter de íntima ternura, el sentido de la pérdida que trasciende de sus páginas o el implacable esfuerzo de Gallagher por dar forma al futuro. “Hacia adelante, sin opción”, dice en uno de sus textos, y en ese punto donde emerge la profunda realidad de su relación con Carver, ahí donde intenta definir el sentido de su pérdida, tanto en el ámbito público como en el privado.

Una inesperada llamada de Hollywood puso a prueba la serenidad que empezaba a lograr, la firmeza que apuntalaba para intentar seguir adelante sin Carver. A fin de mostrar en la película, “el sentido de extrañamiento y el carácter compulsivo inherente al ser humano” que impregna la obra de Carver, contactó con ella un director que no temía vérselas con otro de los temas predilectos de Carver: la dislocación, el trastorno. Tras el proyecto fallido de una película en Italia, Robert Altman devoró los relatos de Carver en el vuelo de vuelta a casa y elaboró con ellos la primera versión de un guión. Cuando se estrenó Vidas cruzadas, la crítica elogió la sagacidad con la que se lograba captar el estilo de vida americano, pero también se le reprochó su escasa fidelidad a la obra que la inspiró. Aunque la propia Gallagher admitió que “en parte se había perdido esa interioridad de los personajes”, su admiración por el trabajo en conjunto a llevó a defender sin demora el punto de vista crítico de Altman, afirmando que éste tenía que ver con la sociedad, no con la literatura que la inspirada. Las dos cartas que escribió en marzo y noviembre de 1993, una a Altman después de haber visto la película y la otra a Robert Coles después de haber leído su crítica en el New York Times, son magníficos ejemplos de la solidez de su pensamiento, la elocuencia y el denodado interés en lograr una reconciliación entre ambos.

La implicación de Gallagher con la obra de Carver tras la prematura muerte de éste, víctima de un cáncer en el verano de 1988, supuso revivir de nuevo su ausencia, concretamente en la edición de su poesía reunida, la recopilación de textos en prosa que incluye cinco relatos inéditos[†]. Ediciones varias de sus relatos cortos, libros de homenaje y el guión de Vidas cruzadas. Aunque antes de la muerte de Carver era la poesía el refugio donde Tess encontraba alimento espiritual, ahora se apoya más en la prosa, una prosa que le sirve, como nos puede servir a nosotros, para centrarse, para “poner los pies en el suelo”. Una prosa que nos enriquece con su fortaleza para afrontar tanto la pérdida como la reconstrucción de una vida.

Cuando Gallagher volvió a realizar lecturas públicas de su poesía, se encontró con que el intento de ahondar en la repentina pérdida de un poeta famoso requería, a su vez, un aluvión de palabras que a veces la confundía. Aunque por motivos de espacio no podemos incluirlas todas aquí, existe una colección enorme de entrevistas que le realizaron sobre su vida con y sin Carver. Hasta donde yo analizo, no existe en la actualidad ningún escritor norteamericano que haya sido tan entrevistado como Tess Gallagher en los años posteriores a la muerte de Carver. Se hizo una verdadera experta en el género, aprendiendo a incitar los debates más enriquecedores o a sortear sutilmente a quien buscaba los aspectos más superficiales. Por un lado, las entrevistas revelan su extensa gama de intereses y aficiones (la pintura, la jardinería, la familia, la música, el cine, el teatro, viajar…) y también un inquebrantable compromiso con la veracidad. Por otro, su pacto con la tristeza.

Gallagher ha repetido varias veces que leía con asiduidad los poemas y relatos de Carver en borrador y que, debida a la intensidad que ponía en ello, no podía evitar la tentación de añadir o suprimir algún pasaje. Si el lector no está familiarizado con la dedicación y exigencia de Tess en la lectura de originales propios y ajenos le podrá parecer un acto presuntuoso. No obstante le diría que las pocas veces que Tess leyó alguno de mis manuscritos, las sugerencias recibidas por su parte fueron tan sorprendentemente buenas (un verso, una carga de profundidad en la prosa) que no podía creer que me las cediera (y lo hizo).

No resulta fácil darle a un material tan inmenso las proporciones editoriales adecuadas. Para ello, Tess y yo beldamos estos textos, vieja palabra inglesa con la que supongo que Tess y Carver estarían familiarizados. Ellos mismos habrían podido escudriñar durante el desayuno estos copiosos manuscritos si no hubiera sido por la salud de él.

Los textos incluidos en este libro –introducciones, ensayos, entrevistas, cartas y diarios– muestran la existencia poco común de una pareja bien nivelada, ambos a la misma altura. Ahora que los he leído todos, creo poder entender y apreciar, al menos en cierta forma, el placer que habrá sentido Raymond Carver al lado de Tess Gallagher, la manera en que su trabajo se inspiraba en ella, el modo en que las ideas bailaban de una mente a otra expandiéndose entre ambas, convirtiéndose en algo que les hacía avanzar juntos. Y me siento muy agradecido por el hecho de que Tess me haya dado la oportunidad de acompañarlos realizando la edición de este libro.

GREG SIMON

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