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Caza de Brujas 17/11/2009Publicado en El Crítico. es - Escuela de Letras



Oír hablar de Giovanna Rivero antes de Niñas y detectives, e incluso ahora que ya ha publicado su primera obra en España, es sin duda algo inusual. Según la editorial Bartleby, eso se debe a que es una autora boliviana, y no mexicana o argentina, y seguro que es verdad. Aquí no se lee mucha literatura boliviana, ni poca, eso desde luego, pero tampoco se lee literatura hispanoamericana (ya sea de México, Chile, Guatemala o Argentina) como la de esta autora, sencillamente porque no es fácil de encontrar. Menos aún se lee literatura escrita por mujeres que se parezca, ni siquiera de lejos, a esta recopilación de relatos, y de eso sí que leemos un rato. Nuestras librerías están plagadas de títulos de autoras femeninas, y muchas están de moda, sobre todo entre lectoras de su mismo sexo. Se trata, sin embargo, de un fenómeno muy diferente, al que Niñas y detectives, por suerte o por desgracia, es totalmente ajeno.

Esta crítica podría comenzar, por lo tanto, contextualizando esta pequeña obra. Podría decirse, por ejemplo, que su autora nació en Santa Cruz, en 1972, que, por lo tanto, aún no tiene los cuarenta, lo que se considera hoy día una autora joven, y que ha escrito otros libros que no han llegado hasta aquí, aunque sí se han publicado en Estados Unidos y en muchos países latinoamericanos. Incluso podríamos hablar de la situación de la mujer en Bolivia, de la pobreza del panorama literario boliviano, de la vida de Giovanna como escritora… Sin embargo, no haremos nada de eso. Por una razón tan sencilla como fascinante: Niñas y detectives va más allá de sus propias circunstancias espaciales, temporales, o de cualquier otro tipo. Niñas y detectives es literatura. Pasa por encima de sus raíces bolivianas, y no es que no las tenga, sino que las rebasa; y deja atrás el sexo de su autora, y no es que no se note que es una mujer quien escribe, que se nota, sino que sus relatos superan esta frágil circunstancia. La obra no necesita contextualización, ni puntualizaciones sobre su gestación, ni antecedentes, ni causas, porque Niñas y detectives es muchas cosas, pero más que ninguna otra, es la sensación de que no hace falta leer nada más, de que todo lo que necesitamos saber acerca de sus páginas está entre sus páginas. Este fenómeno se percibe nada más empezar a leer, y luego se extiende y se dilata como el globo de un chicle. Porque su autora está ahí, ella y cada una de sus circunstancias están presentes, a rabiar, en cada página; pues en cada página Giovanna grita, se vacía, se mutila a sí misma y nos deja sus pedazos. Es a la vez la bestia voraz y la víctima sangrante, lo es todo, se da entera. Ella es su verdad en cada relato, y no hay más. No hace falta.

Por supuesto que su literatura hunde sus raíces en la tradición hispanoamericana, pero hace algo mucho más interesante: las supera. Entre otras cosas, porque Giovanna escribe sin complejos y sin miedo. Tal vez por ser boliviana no existe tras ella un peso tan grave de autoridad literaria. Es capaz de asimilar el boom, y a la vez de dejarlo atrás con maestría, como algo que por fin ya forma parte del pasado, y por eso no imita, y tampoco se obsesiona intentando desprenderse a toda costa de posibles influencias perniciosas de la antigua gloria literaria de los años 60. Las técnicas narrativas se readaptan, varían de un relato a otro e incluso se trenzan a veces a lo largo de la misma narración. Pero ya sin ese afán de experimentación que, si no se mide, ahoga el contenido. La autora las utiliza cuando se necesitan, como si fueran de usar y tirar, ella las maneja con firmeza y no se deja intimidar por ellas. Los narradores cambian en función de las necesidades narrativas, el estilo directo o indirecto, el monólogo, se confía a los personajes sin problemas, con naturalidad. Y es justamente así, con naturalidad, como sus relatos se alejan de su circunstancia espacial y temporal y levitan en la zona de la ficción más verdadera, por antitético que pueda resultar este hecho. La literatura de Giovanna es verdad, fluye con naturalidad, los movimientos de sus personajes se pueden sentir, escuchar, seguir… y por eso respira por sí misma, sin ayuda de nada ni de nadie. No es necesario conocer sus raíces para comprender la verdad de sus relatos, ni tampoco conocerla a ella, porque toda ella se condensa redonda en sus páginas, y sus personajes viven por sí mismos, existen de manera autónoma y completa, independientes de toda circunstancia más allá del relato que los contiene. Dice G., uno de los personajes de Giovanna (¿tal vez ella misma?), una escritora de carácter algo infantil que suspira por la marihuana, que narrar “es respetar las secuencias naturales, respirar. Respirar hondo”. Y eso es justamente lo que ocurre aquí. G y todas las demás respiran, las niñas respiran, cuando son niñas y cuando ya son mujeres, respiran por sí mismas, porque viven en el relato, se mueven, existen solas. Y eso, cuando ocurre hoy día, es casi un milagro, es el milagro de la literatura, que tanto escasea en los expositores de las librerías, plagados, entre otras cosas, de títulos de autoras femeninas.

Se nota que Giovanna es mujer cuando escribe, la naturaleza de sus personajes lo confirma, y también su profundización en una psicología femenina compleja arrancada sin miramientos de la sinceridad más cáustica. Sin embargo, la verosimilitud de sus personajes vuelve a imponerse a esa circunstancia y la complejidad de las niñas y las mujeres de sus relatos se pone por delante de su feminidad. Son mujeres tan verdaderas que casi podemos tocarlas, olerlas, saborearlas, pensar desde dentro de ellas, y esa verdad nos alcanza antes que su condición sexual. Qué lejos estamos ya de los expositores de grandes librerías y grandes almacenes, y de lo que llamamos vulgarmente “literatura de mujeres”. Y aquí está el segundo milagro, porque Niñas y detectives no sólo es obra de arte autónoma y autárquica, sino que cuenta, casi por primera vez desde el siglo XIX, salvando contadísimas excepciones, un universo femenino contemporáneo real.

Sus personajes, por fin, se alejan de los estereotipos creados por las propias escritoras femeninas, donde las frustraciones del género se expresan con el lenguaje de la publicidad y las mujeres ni piensan ni existen ni son. Deja atrás de una vez por todas los perfiles tan trillados de la adolescente anoréxica, la menopáusica reprimida o la treintañera premenstrual, leídos por multitud de mujeres lectoras, mujeres reales que, sin embargo, encuentran en la inconsistencia de los prototipos un consuelo transitorio. Una evasión al vértigo, al agujero en el que la mujer actual aún se mueve a tientas, buscando una señal que le dé pistas sobre quién es ella en realidad. En Niñas y detectives, las mujeres, en lugar de huir, se reencuentran con su oscuridad interior, con su esencia primitiva, heredada de madres, abuelas, bisabuelas…, y se enfrentan a su propia naturaleza. Lo hacen tan bien que parecen reírse de las otras, de las que hoy no son más que un reflejo plano y uniforme. Porque por fin, las mujeres son mujeres, o mejor aún, son verdaderos personajes humanos en permanente relación con su entorno. Y podemos ver de una vez cómo el mundo las golpea, y cómo las acaricia, les de la vida y las condena, las destruye, las ahoga, las salva, y ellas reaccionan y viven. Por fin, los personajes femeninos de Giovanna sostienen por sí solos, con la misteriosa fuerza de sexo débil, la complejidad del mundo contemporáneo, como lo hicieron los grandes personajes masculinos de la novela europea del medio siglo y del boom hispanoamericano. Por fin, Miss Dalloway ha encontrado algunas compañeras con quienes terminar el siglo y empezar el siguiente, en un mundo aún más retorcido, perverso, falso e ilusorio que el suyo, y en un entorno mucho menos refinado.

Las niñas, las mujeres de Niñas y detectives, son mujeres con forma de prisma de mil caras, porque una sola se les queda corta. Según avanza el texto, además, las mil caras se despliegan a ojos del lector, como un caleidoscopio lleno de colores y nuevos matices. Pueden ser asesinas, y suicidas, a la vez que ignorantes y coquetas, sucias y envidiosas, sorprendentes, bonitas, inteligentes, tristes, tontas. Pero hasta las más pequeñas tienen mirada dentada. Son como relámpagos, cuya inspiración aparece en un golpe fugaz de luz y divide en dos la mirada, quiebra el cristal de la ventana y todo se tambalea. Y así, como la perra Yerka, tan pronto son capaces de cometer un valiente acto de nobleza como de devorar a sus crías y dejar los restos esparcidos por el suelo: “pelos de chocolate, pedacitos de corazón que más parecían de pájaros que de perros” para que otros los echen a la basura. Son, en fin, impredecibles, como el escorpión o el vampiro. Un paso en falso y estás muerto, o, sin molestar a nadie, plácidamente dormidas y atiborradas de medicamentos, permanecen con el corazón aletargado y esperan sin pataletas su destino. Lo maravilloso es que nunca se sabe.

Después, como contrapeso, están los personajes masculinos: son los detectives. Funcionan como el perfecto complemento aciago, innecesario para ellas, pero inevitable. Las espían. En el fondo, el que más y el que menos, desea acabar con ellas, amordazarlas y reducirlas, someterlas, y más que un seguimiento profesional es una suerte de acecho. Paradójicamente, hacen con ellas algo muy parecido a lo que han hecho el cine o la literatura con sus personajes femeninos, intentan convertirlas en algo simple y manejable, anular su complejidad haciendo como si no existiera, imponerse a ellas por la fuerza. No aceptan la superioridad inequívoca de su misterio, del enigma y la cóncava profundidad de su mente y su cuerpo. Y como en una caza de brujas, casi siempre siguen el mismo método, las acorralan primero y luego las embisten, como las bestias, las torturan y las queman. Sin embargo, igual que la Inquisición entonces, y el cine y la literatura hoy día, cometen el error de infravalorarlas, y en muchos casos, el relato transcurre en el momento en que ellas, aterradas por la cautividad, toman desesperadas la última salida que se les brinda.

Y como en toda caza de brujas, o en todo falso juicio, también hay algunas que desde el principio ya se saben condenadas, como el escorpión de “Dueños de la arena”. Giovanna no las salva, quizás es el precio que deben pagar por ejercer su independencia, por ser tan exquisitas y moverse a su propio ritmo, según “sus propias secuencias naturales”. Lo importante, sin embargo, es que, sea cual sea su destino final, todas se complementan. Encuentran un apoyo en el relato siguiente, y en el siguiente, y al final todas son una, forman una reacción en cadena, son caras del mismo prisma, colores del mismo caleidoscopio que funciona como un móvil perpetuo, porque su motor es interno, su impulso son ellas mismas, que se retroalimentan. Todas son parte del mismo universo femenino, vivo como una estrella, verdadero, completo e incansable.

Niñas y detectives no necesita ser contextualizada como obra literaria porque sus raíces latinoamericanas están en el origen de ese universo integrador de una feminidad particular y funcionan como el esperma primigenio que da a luz a sus personajes. Habitan así el relato, casi con vida propia, haciéndolo de carne y hueso. La literatura hispanoamericana permanece en Giovanna, con su sangre y su magia, en forma, por ejemplo, de ese penetrante olor a violencia que se cuela en todos los relatos y de ese sabor a guerra (quién sabe, tal vez cultivado en los oscuros focos aztecas). Como dice una de las niñas, la dueña de Yerka: “un olor a carnicería te hacía picar la nariz”. Pues la nariz, aquí, te pica todo el tiempo. Sin embargo, es una violencia que responde a unas necesidades nuevas, se desenvuelve en un mundo diferente, con una fuerza renovada y vital, oscura y temperamental, y de mano de personajes, las mujeres, que nunca antes la habían poseído. Se le ha dado otra vuelta de tuerca al primitivismo indígena, a la sangre y a las vísceras, y Giovanna lo ha hecho sin un solo titubeo. Su pluma se mueve con una firmeza que casi se te clava en el costado y puedes oler tu propia sangre, dejar un reguero “como el de una putita virgen”. Porque somos vírgenes cuando empezamos a leer este texto, y después algo ha cambiado, y eso es la literatura.

Quizás no todos los relatos sean perfectos. Es posible que ninguno lo sea. En el de aquí puede sobrar alguna expresión confusa, en el de allá el ritmo se ralentiza demasiado o es bastante irregular, la prosa no fluye como debiera, en el de acá quizás se peque de cierta violencia gratuita, el lenguaje, casi siempre preciso, aquí se desboca… Lo importante, sin embargo, es que todo eso da igual. No importa, nada es excesivo y escaso hasta el punto de quebrar la verdad, la verosimilitud de cada personaje y su historia. Giovanna se mueve en los límites exactos. Nunca, al revés que sus personajes, da un paso en falso que pueda hacerla caer. Y así, en lo más profundo de cada uno de los relatos, como piezas de un puzzle, late la universalidad del texto.

Existe una honda distancia cultural entre Bolivia y España, entre esas mujeres y las nuestras, más o menos europeas, y pese a todo, algo nos agarra por dentro, desde las entrañas, y se nos quedan flotando en el subconsciente Macy, Liliana, Judy, Gio, G. y las otras, incluso la perra Yerka. No se olvidan fácilmente. Están ahí aunque uno no quiera recordarlas. Y eso es porque viven y respiran a nuestro lado, y en su verdad nos contienen, sin remedio, por mucho que seamos distintas a ellas. Sus pócimas nacen en Latinoamérica pero se alzan, como por arte de magia, convertidas en una esencia femenina intemporal, apátrida, que ahora, por fin, en estos relatos, se ve obligada a desenvolverse en el mundo contemporáneo.

No se puede dejar de agradecer, por lo tanto, a la editorial Bartleby la publicación de este título, y pedir, o rogar, que se editen de Giovanna todos los que faltan. Deben leerse. Deben leerlos todas las mujeres que esperen algo de la literatura más allá de la evasión o la huída, y también todos los hombres que lean. Deberían leerlo incluso las personas que no leen nada, pero eso ya sería pedir demasiado, porque los milagros no se suceden unos a otros, y con Niñas y detectives ya hemos tenido el milagro literario de este año.

CELIA GUTIÉRREZ VÁZQUEZ

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