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Que esta voz vuelve para quedarse. La poesía de Javier Egea 19/08/2011Publicado en Revista de Letras



Un breve apunte personal: empecé a leer a Javier Egea cuando tenía unos dieciocho años; me encantaban sus poemas porque eran únicos y terribles, pero también porque se reía un montón de sí mismo (a pesar de que esa risa tuviera como objetivo hacerse daño). Cuando vi en una esquina del periódico, casi por casualidad, que se había suicidado, me enfadé un montón con él, y me negué a volver a leerlo por siempre jamás. Hace cosa de un par de años volví a buscar en todas partes sus poemas, pero todo estaba prácticamente descatalogado, y entonces me enfadé con el mundo editorial desplazándose el enfado que había dirigido casi durante una década a Javier Egea; digamos que le entendí un poco mejor. De manera que todo lo que escribo aquí lo hago desde el estómago, más o menos, y una parte desde el lugar donde se pierde el aliento, y eso nunca se inventa… creo que en poesía uno no ha de buscar a alguien interesante, sino a alguien con quien comparta obsesiones, lo que se viene a llamar un alma gemela. Y para mí Javier Egea (Granada, 1952 – 1999) es exactamente eso. Fin del breve apunte personal.

Sus poemas no son muy complicados de leer, al menos en la superficie. Hasta hace muy poco, eran casi imposibles de encontrar salvo si uno recorría desesperado los estantes de las librerías de segunda mano, hacía fotocopias o incluso robaba un libro poco manoseado de la biblioteca municipal, con el objetivo único de encontrar alguna migaja que condujese a sus libros más localizables: Paseo de los tristes (1982), Raro de Luna (1990), o la antología Contra la soledad (2006); muy al contrario sucede con otros poetas de su generación, de eso que se definió como La nueva sentimentalidad, o (La) Otra sentimentalidad (mi poema favorito de Javier Egea), que buscaba con espíritu atormentado la fuente de sabiduría de Juan de Mairena, y arrancar cuantos fragmentos se pudieran de la poesía de Alberti, César Vallejo, Bécquer, Miguel Hernández, García de la Vega y Jaime Gil de Biedma. Hoy día en cualquier librería están disponibles los textos de Luis García Montero, en menor medida los de Álvaro Salvador, y los ecos del movimiento están en Joan Margarit, Gabriel Ferrater o Vicente Gallego, todos ellos tipos que parten de la experiencia y de las fluctuaciones de sus propios sentimientos, exactamente como el capricho tras el viento frío de Granada en invierno, la pleamar del Puerto de Santa María, el terral malagueño, la pedantería de Góngora, o el movimiento líquido tras los pantalones blancos de Inmaculada Mengíbar.

Javier Egea no era muy amigo de antologías, ni las antologías de poesía española tampoco lo han sido de él. Manuel Rico se pregunta la razón en un prólogo excelente que acompaña la edición de sus obras completas por Bartleby Editores. Y es que, aun siendo responsable directo de dos manifiestos influyentes (el otro es el manifiesto albertista),  y referencia de un buen grupo de poetas que lo sitúan entre los más importantes de la poesía española de finales del siglo XX, no son pocos los que consideran que durante años se ha cometido la injusticia, o el olvido (palabras que pueden pasar por sinónimos) de vestir su obra con el silencio. Un silencio que sí debería acompañar a sus lecturas, pero contra el cual se rebeló como pocos. A una especial intensidad, a unos versos a veces incómodos, y a una erudición poética muy libre, hay que sumarle una voz única… factores que puestos en conjunto nos dan una poesía inclasificable. Y ya sabemos lo mucho que nos gusta cambiar de sitio los libros y lo poco que nos gusta no saber qué hacer con un libro que siempre sobrará ahí (porque siempre estaremos acudiendo a él), y no podremos definir de otro modo que poesía sola.

Javier Egea era lo que Muñoz Molina denomina un robinson urbano. Al leerle, da la impresión de que ha sido el único ser humano que ha amado, el primero en pensar en el suicidio, un rebelde original, un superviviente de la izquierda (y del comunismo dándole la vuelta al materialismo) y de una época difícil… pero quizá todo esto se deba al alma de sedentario que hay en cualquier poeta condenado a ser significativo; “de qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso” escribió Jaime Gil de Biedma. Así, nos parece que su vida está atada a Granada, aunque se encerró en Almería, siguió conmocionado los hechos de Argentina del ’78 (amor y muerte en su extensión), exploró la geografía gaditana. Y nos parece que la mujer a la que habla en sus textos es siempre la misma, aunque hubo una Mª Luz, se enamoró brevemente de una tal Carmina, de una tal Raquel, de una tal Teresa, de un tal cuerpo traidor… todos esos nombres están dirigidos al mismo yo, al mismo tú, el centro de mi y el de todos. Sus amigos son los mismos, y el mayor enemigo fue él mismo contra sí mismo. Es una rara universalidad, que no se produce hasta que no se camina con sus versos durante un tiempo, hasta que no os paseéis por el cementerio, o bajéis a la Alpujarra.

El camino para llegar hasta Javier Egea, calle del Beso 10, es saltar de metáfora a metáfora, hallar una imagen o una palabra que aparece en un poema y en el siguiente, con significados distintos, para luego desaparecer, avanzar y progresar, y procrear palabras nuevas. Versos que se bifurcan en recaudadores de impuestos y asesinos como en una historia pulp, versos reflejándose entre sí:

    ¿Cómo me vas a querer tú a mí
    con ese borbotón inevitable de odio
    que llevas por las venas?
    ¿Cómo te voy a querer yo a ti
    con ese borbotón inevitable de odio
    que llevo por las venas?


Como si sólo al enfrentarlos pudiera uno entender su sentido completo. Como si de una vida corrigiéndose delante nuestra se paseara. Dicen que él presumía de eso, de pasar seis meses viviendo una vida sana, y otros seis meses empapado en bourbon, poniendo trampas a sus allegados, trampas como esos versos sueltos que suele dejar con apariencia de descuido:

    Te llaman luz, amor. Hoy te llamo        derrota.
    Y todo esto duele como la incertidumbre.
    Yo hice lo que pude, lo que en mi mano estaba.
    Pero ni tú ni yo ni el mar volvemos.

Son versos deshojados que contienen gran parte de su esencia, mecidos por un viento muerto de repente, puestos a la deriva, mirando hacia alta mar. Muchos sucedían tras esas épocas vivas en las que no escribía nada, y planeaba cómo darle la vuelta a nuestro corazón. Sólo él sabe quién le mató, lo nuestro no son más que conjeturas. Por eso habré de decir, ya con el dolor dormido, que la voz de Javier Egea —aunque sea por escrito— está aquí y vuelve para quedarse.

DANIEL JÁNDULA

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