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Javier Egea representó una forma totalmente original de mezclar el intimismo y el compromiso político 10/05/2011Publicado en Tercera Información



A la hora de evaluar la salud cultural de un país es igual de revelador la nómina de artistas a los que reconoce y engrandece como a los que oscurece o directamente hace desaparecer de su historia. Sólo el paso del tiempo, y las diferentes generaciones que por el transitarán, suele empeñarse en sacar del anonimato a alguno de ellos.

Bartleby Editores ha puesto su encomiable empeño en reivindicar y dar a conocer a Javier Egea (ya el año pasado Felipe Alcaraz presentó una biografía novelada sobre el escritor) por medio de tres tomos que abarcarán toda su producción. El primero de todos ellos está centrado en su creación poética.

Poeta granadino fallecido en 1999, durante los años 80 perteneció al movimiento formado entorno al escrito “La otra sentimentalidad”, en el que también estaba presente el hoy conocido Luis García Montero. Representa por sus características y por el empeño en sacar adelante una “poesía materialista”, militante y donde el objeto político lo abarcaba todo, uno de los ejemplos más claros de singularidad, sin estar exenta de genialidad, que un escritor puede llegar a alcanzar.

Perteneciente a una familia burguesa y acomodada, como otros tantos, durante los años 60 y 70 irá construyendo su identidad tanto en lo intelectual como en lo político, que le llevaría a militar en la izquierda, apartada de los valores y normas establecidas durante esa época. A ello influirá decisivamente las lecturas de autores variados como Sartre, Pavese, Gramsci, Althusser o la poesía de los clásicos pero también representantes de diferentes tipos de compromiso social, desde Lorca a la generación de los 50 pasando por Alberti. Todo ello irá construyendo un semblante propio que se irá manifestando en su forma de escribir.

Sus primeros escritos se encontrarán en revistas de la época como Tragaluz. Pronto llegará el libro largo publicado en 1974 "Serena luz del viento", aunque está escrito unos años antes. En él asistimos principalmente a un ejercicio de estilo y debe ser entendido como un primer paso, en el que se darán cita autores clásicos como Bécquer o Góngora y otros más recientes como Pedro Salinas, como deja entrever el gusto la por el soneto de temática amorosa y la utilización de imágenes basadas en motivos de la naturaleza (“Ahora estarás, acaso, pendiente de tu sueño, / dormida entre palomas y otoños ya vencidos, / con los labios besando las hojas que se apaga..”).

“A boca de parir” ejercerá de puente hacia una nueva época en la que el tono más comprometido, siempre desde una óptica muy particular, se hará más palpable. En dicho poemario, creado durante los estertores de la dictadura franquista, se muestran fogonazos e indicios de cambio (“hay que salir de aquí / hacia otra tierra /para volver un día con el agua en la frente, / con el fuego en las manos, / con el grito e las alas”). “Argentina 78” representará su llegada a la poesía social y lo hace de una manera rotunda y directa, y dicho sea de paso nada habitual a partir de ese momento, con una mirada solidaria con las Madres de la Plaza Mayo como centro de sus poemas (“Sobre la historia pongo mi palabra, y en tu pañuelo escupo, / desde el sur te condeno a las letrinas, / de vómitos podridos te corono”).

“Troppo mare” será el “ensayo general” para su poesía materialista, su dicotomía entre objetivo y subjetivo y la inseparabilidad de ambas. En esta ocasión, con el mar de fondo como paisaje recurrente (“Quizás alguna tarde, / en alta mar tu sueño y las primeras algas, / como un octubre nuevo, / florecerá en las gavias, / una bandera roja”), el amor se ubica en un contexto conflictivo y eso trae como consecuencia la crisis personal. (“Mira la calle amor, oye los pasos, de los que caminan, y viven y palidecen, desesperan”). Llama la atención por simbólico el poema-manifiesto “Leer el capital” en el que queda en evidencia su carácter transgesor y trágico, “es urgente romper hacia otro norte / aun llevando en los pasos / la certeza diaria de la muerte”.

“Paseo de los tristes” es la confirmación de este nuevo camino emprendido. Bajo el nombre de una de las calles de Granada, que curiosamente lleva al cementerio, se articula su idea de imbuir los sentimientos personales, como soledad y amor/desamor, dentro de la dinámica del propio sistema. En una primera parte se dedicará a mostrar la desolación por el amor perdido (“aquí habita el dolor : / ese salvaje cobrador diario / que llega, empuja, nos derriba / y queda”). Más tarde se dedicará a enmarcarlo en un contexto marcado por una ambientación cotidiana (“si hay noches, raras noches / que cuando te descubro / por una de esas calles que llevan al mercado / parece que una estrella de golpe, me alumbrara”) y la omnipresente reflexión crítica de Javier Egea (“que ha de perderse un día para siempre / este tiempo burgués del exterminio / que, ahora, / enseña su esplendor envejecido / en las ojeras grises de un alba sin amor”)

En sus posteriores creaciones habrá un marcado tono más sombrío y oscuro. “Raro de luna” estará influenciado por el psicoanálisis, en cuanto al aspecto onírico, y el surrealismo, lo que dará como resultado un lenguaje más rebuscado (“Las adelfas le tienden una emboscada / y el arrayán le ciega de amarillo”). Cosa muy similar a lo que sucede con “Sonetos del diente de oro”, sobre todo en su sentido de ensoñación, de hecho está creado bajo el influjo de la lectura de “Las mil y una noches”.

Javier Egea representa ese tipo de artistas empeñados en construir su obra en base a su propia vida, en este caso dotándole de una visión crítica pero enormemente original. Su trágico final, su alejamiento del mundo literario y la incomprensión que soportó se ha visto incrementada por el silencio que su obra ha sufrido en años posteriores. No hay mejor manera de homenajear su figura que mantener viva una poesía pocas veces realizada y donde la angustia vital crece en un contexto de confrontación ejecutada con forma exquisita.

KEPA ARBIZU

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