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El rescate del poeta con sentimiento político 30/03/2011Publicado en Público



Conocí a Javier Egea a finales de los años setenta. La lectura de sus primeros libros, Serena luz del viento (1974) y A boca de parir (1976), me había convencido de la calidad de su formación poética, la fuerza de su lenguaje y el conocimiento íntimo de una tradición que empezaba para él en los cancioneros medievales y en Garcilaso paradesembocar en la obra de Federico García Lorca y Miguel Hernández. Tenía, además, una mirada personal y una voz de verdadero poeta.

A boca de parir es sin duda uno de los títulos más feos de la poesía española. Javier y yo hicimos a lo largo de los años muchas bromas sobre ese disparate. Pero debajo del título había algunos poemas decisivos para mi formación, yo tenía 17 años cuando se publicó el libro, y para la poesía que íbamos a escribir en Granada a lo largo de los años ochenta. Los lectores del volumen que ahora publica Bartleby pueden buscar, por ejemplo, el poema 19 de mayo. Con este libro, en la calle el próximo 6 de abril, aparece por primera vez la obra poética completa de Egea (1952-1999). El segundo volumen, con su trabajo inédito, del que aquí se adelantan algunos poemas, aparecerá más adelante.

Amistad en Tertulia
Javier y yo nos hicimos amigos en 1980. Algunos bares de copas llegan a ser una geografía privada en la que se viven las ilusiones públicas y las mejores noches de amistad. La Tertulia, que desde entonces fue nuestro bar de siempre, había organizado una lectura poética de Javier. Como falló el presentador en el último momento, los amigos me pidieron que improvisara unas palabras. Hablé de sus dos libros publicados, pero la verdadera sorpresa de la noche fueron los versos de Troppo mare, un poema que acababa de escribir en la Isleta del Moro, frente al mar del cabo de Gata. Se había refugiado allí para superar una de sus crisis alcohólicas, uno de sus infiernos personales, y había vuelto con un poema deslumbrante. El dolor, la marca de la soledad, la necesidad de querer y ser querido, la tristeza íntima, estaban allí, pero elaborados con un nuevo vigor y una decidida insistencia en la esperanza.

En las mesas de La Tertulia discutimos durante años del bien y del mal, de la Transición española, del papel del arte y de la literatura en la sociedad, de los rumbos de la historia y de los amores que se nos iban cruzando por medio. En fin, igual que en todas partes, pero en nuestra mesa particular. Allí nos sentábamos los poetas Álvaro Salvador, Ángeles Mora y Antonio Jiménez Millán, el pintor Juan Vida, el profesor de Filosofía del Derecho Mariano Maresca y nuestro maestro Juan Carlos Rodríguez, teórico del marxismo y de la literatura, capaz de hacer un preciso análisis histórico de la poesía mística de San Juan de la Cruz (porque no hace falta recurrir a los panfletos para establecer las relaciones entre una sociedad y su poesía) o descubrir dos versos deslumbrantes en la canción más inesperada. El dueño de La Tertulia, Tato, un exiliado argentino que aterrizó en Granada huyendo de los militares y del frío sueco, puso un fondo de tangos y de paciencia a nuestras interminables discusiones.

Otra sentimentalidad
Allí surgió la idea de tomarnos en serio las reflexiones de Antonio Machado sobre la búsqueda de otra sentimentalidad. Si la poesía no es una acumulación de palabras bonitas, sino una meditación profunda sobre el ser humano, no puede darse un cambio de poética hasta que no se produzca una transformación interior. Los sentimientos que hay bajo nuestras miradas son tan históricos como una constitución, una huelga general o el bombardeo de una ciudad.

Machado había defendido la idea de una nueva sentimentalidad para huir a la vez de la deriva simbolista del sujeto romántico y para distanciarse de las vanguardias, dispuestas a transformar la poesía con rarezas y espectáculos formales. Nosotros vimos en su pensamiento un modo de encauzar el compromiso sin caer en panfletos políticos o formalistas, una manera deindagar en la propia intimidad sin que algún camarada agresivo nos llamase revisionistas y burgueses por desa-tender las causas públicas.

En la poesía de Javier Egea las ilusiones cívicas son inseparables del deseo erótico. Amor y desamor aluden tanto a una historia privada difícil como a una realidad de explotación social. Escribe desde la conciencia de que no hay separación ideológica entre lo privado y lo público.

El poder recorre las plazas, entra por las ventanas en la sala de estar y abre las puertas de los dormitorios. Los programas políticos de los partidos recogen ahora iniciativas que tienen que ver con el ámbito privado, la igualdad de género o el respeto a las diferencias. Este convencimiento de que no hay transformación histórica sin una emancipación en la vida cotidiana viene de lejos en la poesía y ha sido una sus mejores lecciones.

Los surrealistas apostaron por la fuerza de la irracionalidad y la libertad sin represiones del inconsciente. Pero nosotros, acostumbrados a no creer en las verdades esenciales y puras, decididos a valorar el carácter histórico del ser humano, incluso en las tramas movedizas del inconsciente, nos sentimos más cerca de la transformación ética defendida por Antonio Machado.

Javier publicó en ese rumbo Paseo de los tristes (1982), uno de los mejores libros de la poesía española contemporánea. La voz de un poeta civil medita sobre su intimidad, el carácter de sus sentimientos amorosos, y recorre la ciudad en la que observa las transformaciones de un mundo que sustituye los paisajes de la pobreza y el subdesarrollo por los nuevos códigos del capitalismo avanzado.

La música de Fauré, el Cancionero y romancero de ausencias de Miguel Hernández y Las cenizas de Garmsci de Pasolini marcaron la atmósfera. El poeta es "un coleccionista de diciembres helados" y vive la historia "con su pequeña verdad de enamorado". El capítulo Renta y diario de amor asume la herencia del último Miguel Hernández, la posibilidad de un cancionero íntimo, alejado del neopopularismo y cercano a la sencillez coloquial.

Las concepciones teóricas no son un catecismo que deba observarse con devoción a la hora de la escritura, sino un apoyo inevitable y necesario, porque todo poeta tiene su propia visión del mundo. La teoría poética sólo sirve cuando ayuda a escribir buenos poemas. La poesía de Javier en esta época es excelente, como también lo fue en su siguiente libro Raro de luna (1990), cuando decidió alejarse de la otra sentimentalidad machadiana y acercarse al surrealismo.

La fuerza metafórica y las lecciones de la vanguardia ya no pretendieron tensar y enriquecer los versos de sus meditaciones y los tonos realistas. Javier quiso entonces escribir poesía de vanguardia. Y lo bordó. Creo que el poema Raro de luna es una de las mejores piezas que ha dado la tradición surrealista española.

Justicia poética
Hay muchos motivos para celebrar la publicación de la poesía de Javier Egea. Ya era hora de que una obra de tanta calidad estuviese al alcance de los lectores. Es una suerte también que el prólogo de Manuel Rico haga una acertada caracterización de su poesía. Se podrá estar de acuerdo o no con las elucubraciones generales de Rico sobre la poesía, la vanguardia, el realismo o el futuro de la izquierda. Pero su retrato de la poesía de Javier es muy certero. Y eso es una buena noticia después de algunas manipulaciones literarias y humanas que han estado a punto de convertir al poeta en un personaje ridículo.

La lectura de su obra como una versión lírica del socialismo científico deja en muy mal lugar a la obra, al socialismo y a la ciencia. Y la manipulación de una leyenda maldita, jugando con su alcoholismo, sus problemas personales, sus complejos y su suicidio, es una estupidez que sólo pueden consentirse los que no lo han conocido bien o los que no han sufrido junto a él. Cuando hay amor por medio, la autodestrucción no es un plato de gusto.

Javier no era un santo, un modelo de perfección, un teórico del comunismo o un sabio de la política. Era nada más, pero nada menos, un magnífico poeta. Y eso lo pueden comprobar por fin los lectores, algo que celebramos mucho su familia y sus amigos.

LUIS GARCÍA MONTERO

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