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Las islas poéticas de Derek Walcott. La publicación de ‘Garcetas blancas’ permite profundizar en la obra del autor antillano 15/01/2011Publicado en El Norte de Castilla



La literatura caribeña representa hoy en día un enorme crisol de culturas, una encrucijada lingüística a la que todo escritor de las Indias Occidentales tiene el privilegio de acceder y donde habita la herencia de los idiomas de todos los imperios que conformaron su espacio y su historia: inglés, holandés, francés, portugués, danés y español. De la dicotomía mestizaje y criollización deriva una peculiar identidad, de donde surgen experiencias vitales tan diversas como sugeridoras. Los textos de los escritores de esta región vienen marcados por un horizonte, una metáfora y un pasado comunes que, en muchos casos, pretenden reivindicar la especificidad del Caribe.

No cabe duda de que la concesión del Premio Nobel a Derek Walcott (Santa Lucía, 1930) en 1992, supuso un reconocimiento conjunto a la espléndida labor llevada a cabo por los escritores y escritoras de este atractivo archipiélago literario.

La reciente aparición de ‘Garcetas blancas’, brinda una nueva oportunidad para profundizar en la obra de este autor antillano, que, llegado a los ochenta años, ha vertebrado un poemario luminoso, con una voz que roza las aristas de una tácita despedida –lírica y vital– y en el que vuelve a latir una temática puramente walcottiana.

Toda su obra –iniciada a los dieciocho años con ’25 poems’–, viene signada por una defensa a ultranza del Caribe. En una entrevista concedida a ‘El País’ en junio de 1994, afirmaba: «Los que vinieron al Caribe lo dejaron todo atrás. Los africanos venían de la esclavitud, algunos blancos eran convictos cromwelianos. Todos venían de otro mundo, con un largo viaje a sus espaldas, para empezar de nuevo en otro lugar y tenían que vivir juntos. Su historia empieza con la desposesión y no con la posesión». Y esa verdad, se ha mantenido latente a lo largo y ancho de su discurso lírico y en cada uno de sus libros ha querido dejar constancia de la geografía que puebla su corazón.

Desde la publicación en España de su antología ‘Islas’ (La Veleta, 1993 con traducción de José Carlos Llop) la recepción de Walcott ha sido amplia, y disponemos de sobradas muestras de su quehacer. Ahora, Luis Ingelmo, ha prologado y vertido al castellano este íntimo testamento, con excelentes resultados. Porque no es fácil volcar a nuestra lengua ni los personales ritmos, ni la tensión sintáctica ni la carga semántica que desprenden estos versos. El propio Walcott ha reconocido que «no hablar el español le resulta imperdonable », pero que cree poseer residualmente de nuestro idioma «el instinto de la parodia, el melodrama, la exageración y el lenguaje florido». En esta compilación, pueden hallarse algunas de estas premisas, y otras tantas que tienen que ver con la exaltación verbal, la abundante retórica y los excesos descriptivos en torno a la Naturaleza.

A la par del vuelo de estas líricas garcetas blancas, me viene a la memoria ‘La abundancia’, el poemario que el escritor caribeño pergeñase tras la concesión del Nobel. En él, intercambiaba su racial insularidad por un cosmopolitismo que le llevaba a otro continente, tal y como ahora le sucede: Italia, España, Inglaterra se tornan cómplices escenarios –«Para mí, ir a Europa es viajar en la historia»–, y ello le permite beber y absorber  realidades distantes y distintas a su propio entrañamiento: «Mil veces aplaudiré la luz que recorre un muro/ de terracota en Nápoles …/… celebraré el brillo de Venecia/ su disco disuelto en el Gran Canal/ cuando un disparo/ inaudible espanta las palomas».

Estos textos sorprenden por su fuego natural, por el aire fresco que los trae y que los lleva en su vaivén de brillante poesía. Sabedor de que toda experiencia lírica debe pasar por exprimir al máximo las posibilidades de cada lengua, Derek Walcott insiste en tensionar al máximo su discurso para hallar la misma melodía y los mismos acordes que resuenan en la tierra que lo vio nacer. Aunque su temática resulta recurrente, «no tenemos la sensación de estar delante de la misma historia de siempre, sino, más bien, de encontrarnos ante un nuevo episodio de preocupaciones imperecederas (…) Se trata, pues, de un asalto renovado a sus temas eternos que destaca por su tonalidad más elegiaca», afirma Luis Ingelmo en su aclaratorio prefacio.

Y versos como éstos que siguen, no hacen sino certificar su atinada aseveración: «Tienen el color de las cascadas/ y las nubes, las garcetas. Algunos amigos/, los pocos que me quedan, están muriendo, pero/ ellas van airadas bajo la lluvia –la muerte/ no les afecta– o se alzan como ángeles súbitos / planean y se posan».

Poemario, en suma, de personalización más que de persona, donde el vate antillano alcanza una profunda espiritualidad mediante su franca adhesión a una Jerarquía de valores libre y poéticamente adoptados: «Ya no hay miedo ante el bello alboreo».

JORGE DE ARCO

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