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Los cincuenta y cuatro poemas que lo integran tienen todos una arquitectura interna basada en el carácter orgánico de la rima y un sistema referencial 15/01/2011Publicado en ABDC las artes y las letras



Dos citas de dos autores españoles - «En el olvido están los recuerdos», de Antonio Gamoneda, y «Los caprichos de luz de la memoria», de Francisco Ruiz Noguera- podrían ayudar a definir el clima y el horizonte emotivo-mental de este libro en el que Derek Walcott descompone el mosaico que su experiencia vital ha ido formando, y lo hace en una manera que remite a la del soneto -que lleva dentro de sí el genoma del antiguo epigrama- y que se contrae o se amplía según las necesidades del flujo y del caudal. De ahí la unidad métrica y visual que tiene y, a la vez, la variedad temática y la serie de innovaciones formales que presenta, y que Luis Ingelmo, en su amplia introducción, describe con detalle. Los cincuenta y cuatro poemas que lo integran tienen todos una arquitectura interna basada en el carácter orgánico de la rima (egrets-regrets) y un sistema referencial próximo a la pintura de Cézanne y de Gauguin.

Podría decirse que la clave de toda su escritura es el mar contemplado en el espumoso batir de sus orillas, y que la historia que contiene no es tanto la de la naturaleza como la de una transterrada realidad que Walcott acuareliza, llevando a las fronteras del verso el mismo difumino que Winslow Homer lleva a las fronteras del papel y que produce el mismo efecto doble -de lágrima y de encaje- en que se diluye tanto la superficie borrosa del mar como la no menos borrosa de la costa.

Denuncia ecológica
Pero este es el símbolo general y no el título del libro, cuya explicación está en los dos últimos versos del poema 32: «deja que los poemas rotos se alejen cual bandada / de garcetas blancas que por fin libres suspiran». Y es que el tono genérico del texto es el de una elegía vivida como liberación. Lo que lo acerca mucho a la morfología de un diario en el que asistimos a ese «acuerdo esculpido» que cada estrofa fija como un acorde incrustado en la sinfonía de lo autobiográfico, a la que no es ajena la literatura -en Walcott incluso lo más íntimo y personal está siempre altamente literaturizado-, y que constituye un paisaje más auténtico y vivo que el real, pues es en él donde lo real se revela o se produce en ese language beyond speech, en ese «idioma más allá del habla», en el que las cosas, y no nosotros, se suelen expresar.

Pero Walcott, por más que sea un poeta del lenguaje en la línea de Paul Muldoom, como él mismo reconoce, no es ajeno a la poesía de denuncia ecológica que, desde Horacio y Séneca, constituye una de las más firmes morales de las letras y a la que él se adscribe, de modo manifiesto, en «The Acacia Trees», uno de los mejores poemas de este libro, en el que, como en tantos textos de la Antigüedad, hay un interlocutor mudo o ficticio.

Y es que la obra de Walcott es un diálogo con la tradición: él mismo ha explicado cómo y de qué manera su práctica de la escritura se formó, y conviene tenerlo muy en cuenta si se quiere entender tanto su origen como su funcionamiento, y su idea de los géneros y de la composición, como queda claro en su concepto de las series: conjuntos de poemas agrupados que conforman la parte central y más larga del libro, y en los que cada texto funciona como una cartela o un cuadro que es parte de otro que lo engloba y que es su unidad mayor.

Celebración
Es aquí donde la sintaxis más se complica, donde los encabalgamientos más se realzan y donde, en ocasiones, un texto es mera prolongación del anterior: un estrambote que desarrolla uno de los aspectos focalizados antes y que se ha autonomizado tanto que ha adquirido unicidad textual.

Es también aquí donde técnicamente el lector más aprende qué hace que un poema pueda ser dividido en partes o constituir una unidad total. Por eso lo que nos ofrecen es «más que un hombre, una imagen», las «ropas que usó, y papeles que usado le dejaron». A partir de la composición catorce, el libro describe un movimiento diferente, determinado por el paso a la égloga con un inicio lírico majestuoso, al que siguen distintos poemas de tono y extensión muy unitarios, la mayoría de ellos solo numerados y algunos con un título a modo de indicio clarificador, y a los que se añade, no sin cierta timidez, también un epitalamio. Lo que en ellos se propone es, pues, tanto una elegía como un himno, tanto una despedida como una celebración. Lugares y tiempos muy distintos se cruzan, y la memoria del hablante -que es la del poema- les confiere la consistencia de su permeabilidad.

JAIME SILES

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