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Esa vieja y sencilla historia 26/07/2008Publicado en Babelia (El País)



Aunque Haroldo Conti (1925- 1976) nació en Chacabuco, en el interior de la provincia de Buenos Aires, algo poderoso lo llamó hacia el Tigre, en el gran delta que conforman el río Paraná y el Uruguay antes de anudarse en el Río de la Plata. Este estuario de 40.000 kilómetros cuadrados, densa malla de arroyos, riachuelos, islas e islotes, cuya ingente toponimia Conti conocía de memoria, es un panorama de una belleza majestuosa y desolada, sin más riqueza que su interminable extensión de agua marrón. Con contadas excepciones -notoriamente, la de Juan José Saer, cuyo "tratado imaginario" El río sin orillas es tan imponente como la geografía que abarca-, la literatura ha ignorado o despreciado este paisaje, concentrada en su proyecto moderno, por el magnetismo cosmopolita de Buenos Aires. En los mejores cuentos de Conti asoman con frecuencia los fantasmas de Mark Twain, de Faulkner, incluso de Melville: los grandes maestros norteamericanos atraídos por los ríos del Sur y el mar le dieron la tradición que Argentina apenas tenía. Hemingway también debe haber figurado entre sus preferencias.

La obra mayor de Haroldo Conti es la novela Sudeste (1962; edición crítica coordinada por Eduardo Romano, Galaxia Gutenberg, Madrid, 1998), minucioso, intenso y sostenido registro del orbe miserable del delta, de unos personajes que malviven del secado de los juncos -que se vendía a centavos el kilo para hacer canastos o esteras- y de la pesca para la mera subsistencia. En estos Cuentos completos ese mundo está presente en las piezas mejores, como 'Todos los veranos' y 'Ad Astra'. El primero de ellos ('A veces pienso en mi viejo...') es una obra maestra de veinticinco páginas, una cartografía conmovedora del delta desde la mirada fascinada y angustiosa de un chico sobre su padre, un pescador lleno de coraje y compulsión a la catástrofe. América Latina había cultivado con ahínco el canto a las fuerzas indomables de la naturaleza como signo de los destinos individuales y nacionales: Rómulo Gallegos, José Eustasio Rivera o Ciro Alegría fueron algunos de sus cultores. Conti se aparta de esa línea: su voz está cerca de los grandes objetivistas rioplatenses, como Antonio Di Benedetto, casi coetáneo, o Saer, doce años menor. Conti parece por momentos un Camus pasado por el desasosiego de la historia argentina -en marzo de 1962 un golpe derroca a Frondizi, recrudece la represión del peronismo, la situación económica es penosa...-. Su prosa no juzga, no moraliza: en sus mejores momentos, su mirada es fría y rasante como el viento del sudeste sobre el agua; confía en que la descripción consustanciada con su objeto tiene mayor alcance simbólico que cualquier parábola. Y aunque en algunos de sus cuentos más extensos, como 'La causa', se deje atraer por la alegoría -de la sangrienta y barroca (en su proliferación de siglas de grupos y subgrupos de tendencias apenas distinguibles) deriva política de las naciones americanas- lo perdurable de Conti está en ese registro casi documental elaborado en un lírico de extraordinaria contención. Lo vemos incluso, si bien con algo de efusión, en 'La balada del álamo carolina', curiosa prosopopeya de la vida de un árbol.

Hijo de un vendedor ambulante, Conti tuvo una trayectoria clásica de escritor americano -es decir, fue autodidacta y nunca ejerció de escritor profesional. Trabajó de camionero, pescador, marino mercante -en una ocasión, cerca de la costa del Brasil, estuvo a punto de morir en un naufragio-, piloto de aviación civil, profesor de latín en la enseñanza media y autor de guiones para el cine, su otra gran pasión. La gente del cine le era próxima: una de sus novelas, Alrededor de la jaula (1966), fue adaptada por Sergio Renán como Crecer de golpe; Conti declaró, además, que Sudeste fue, al principio, un borrador para un guión. En la primera mitad de la década de 1970 formó parte, en dos ocasiones, del jurado del premio Casa de las Américas, en Cuba, que él mismo ganó con la novela Mascaró, el cazador americano. Eso y sus simpatías izquierdistas bastaron para que, la noche del 4 de mayo de 1976, sólo un mes y medio después del golpe de Estado de Videla, seis hombres armados entraran en su casa y se lo llevaran junto a su segunda mujer, Martha. Nunca volvió a saberse de él, con excepción de los testigos que declararon haberlo visto en alguno de los centros de detención, tortura y asesinato de la dictadura. Se supone que murió, que lo mataron, ese mismo año. De hecho, lo que en estos Cuentos completos -que, sustancialmente, calcan la edición porteña de Emecé, 1995- aparece como 'Prólogo de Gabriel García Márquez' no es sino la nota escrita por el colombiano en 1981 para denunciar que Conti seguía desaparecido. A pesar de la brutalidad incomprensible e imperdonable de esa muerte, es un error hacer de Conti un epítome de escritor comprometido, un "militante de la vida", como lo denominó cierto montevideano profesional de la cursilería. No mucho antes de ser secuestrado, Conti publicó en la revista Crisis: "No sé si tiene sentido pero me digo cada vez: contá la historia de la gente como si cantaras en medio de un camino (...) que nadie recuerde tu nombre sino toda esa vieja y sencilla historia". Estos Cuentos completos son una parte sustancial de esa vieja y sencilla historia.
EDGARDO DOBRY

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