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Su literatura es muy grande: dentro cabe absolutamente todo, excepto la mediocridad. 26/11/2010Publicado en El Cultural, El Mundo



En 1989, tres valientes llamados Ashcroft, Griffiths y Tiffin publicaron El imperio contraescribe: Teoría y práctica en las literaturas postcoloniales. Buscaban contestar a la pregunta ¿qué se escribe cuando se escribe ficción en una lengua y una cultura impuestas por la fuerza? Leemos a Derek Walcott y encontramos la respuesta: obras maestras.

Es caribe. De Santa Lucía. Es Nobel. De 1992. Tiene 80 años. Posee una de esas fisionomías afables que, paradójicamente, dan un poco de miedo. Y la poesía ha salido a su padre: bajo su armadura de lírica onírica, Garcetas blancas esconde un cuerpo de épica ortodoxa que sobrevive a sus propias necrológicas. Veinte años después de Omeros, Walcott renueva su voto de amor al verso largo, a la rima rotunda. Su literatura es muy grande: dentro cabe absolutamente todo, excepto la mediocridad. En ella colisionan con elegancia la égloga arqueológica y el dvd, la consagración de imperios antiguos y la caída de babilonias postmodernas (“En Nueva York la gente está en una telecomedia./ Yo aparezco en una telenovela hispana”).

Los ojos caribes de Walcott están acostumbrados a verlo todo y a verlo simultáneamente, de ahí que para él la síntesis no sea una facultad cultivada, sino un instinto de supervivencia: se amalgaman espacios, se suspende el tiempo. Sólo queda el Caribe. Walcott describe. Walcott relata. Pero no nos engañemos: paisajes cosmopolitas aparte, Garcetas blancas es la autobiografía de un poeta capaz de canalizar toda la frustración del hombre contemporáneo a través de cuatro palabras: “Ni versos, ni aves”. Los mundos exteriores son sólo efectos colaterales de ese fenómeno destructor y mágico que hemos dado en llamar humanidad.

Y si la visión de Walcott abarca la tierra entera antes de la invención de las fronteras, su poesía ocupa toda la literatura conocida y más allá. Como es propio de los inteligentes, Walcott se aburre mucho, no se está quieto. Es un explorador de la luz: Van Gogh y El Greco le interesan más que el seronoser. Es un creador autoconsciente que no ve distinción alguna entre la naturaleza y su arte (“La página del césped y ésta abierta son una/ sola, una garceta la aturde, el alto azor grazna/ sobre algo muerto, un amor que fue pura tortura”). Y aún encuentra un rato para combatir nuestra ignorancia sobre los productos poéticos que nuestro cerebro manufactura (“Son poemas recitados en soledad, metáforas/ de nuestra gloria fugaz, una luz inevitable/ que llamaban cielo en tiempos de Blake, ya no más”). Esta hambre insaciable de experiencias e identidades hace de Walcott una criatura omnívora. Su codicia no tiene límites. Su talento tampoco.

Hay algo intrínsecamente bueno en la poesía de Walcott. Su actitud ante lo ocurrido, probablemente: el colonialismo y su invierno nuclear. Sus versos no subsisten por respiración asistida: están gloriosamente vivos. (La palabra gloria le gusta mucho a Walcott.) En lugar de condenarlos a una existencia de resentimiento, el poeta decide dedicarlos a la más alta causa de honrar sus orígenes: las civilizaciones que los precedieron. Autor de tanto teatro como poesía (más de 20 obras por género), es en escena donde tiende a representar esa tragedia de la historia moderna: la negociación del poder, la violación de la idiosincrasia, la explotación absoluta. Toda la vergüenza del colonialismo cae sobre sus ideólogos y ejecutores, pero de esa miseria moral Walcott decide extraer algo puro: el hibridismo como bien.

Siguiendo a Homero, Shakespeare y Whitman, Derek Walcott ha asumido la responsabilidad de cantar su cultura. (Virgilio nunca se atrevió.) Crisol de lenguas, literaturas e imaginarios, el Caribe es elevado en Garcetas blancas a la categoría de mito total. Todas las cartografías remiten a él: España, Italia, Nueva York. “El calor tenía la misma inocencia/ de una tarde isleña, mas con una diferencia:/ la vista de las adelfas, el olivo en llamas”. Ellos padecieron la invasión del colonizador. Ahora su literatura conquista la tierra.

A. SÁENZ DE ZAITEGUI

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