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El gran testamento de Derek Walcott 16/11/2010Publicado en Papeles Perdidos (Blog de El País)



Merodear por los recuerdos y las ideas que nos han dando forma para descubrir lo que somos y seremos no debe ser fácil. Y ese es el camino que ha desandado Derek Walcott (Santa Lucía, 1930) en su nuevo y elogiado poemario: Garcetas blancas (Bartleby). Y en ese mirar atrás, sus palabras han alcanzado el pasado para que todos seamos testigos de ese iluminador reencuentro. Sabedor de que anda por el ocaso de su vida, el premio Nobel antillano comparte en estos poemas todos aquellos temas con los que ha construido su obra: mitologías, amores, emociones, decepciones, la naturaleza, el multilingüismo, la ilusión, el colonialismo, las raíces de sus ancestros, y, claro, su isla, Santa Lucía y todo lo que ella conlleva por su condición física, espiritual y metafórica y de pérdida como paraíso; y lo que la rodea y le da vida y vida a él: el mar.

Y así, en su penúltimo poema, rodeado de mar y cubierto de cielo, crea un fresco vívido al convocar recuerdos, emociones y sentimientos postreros y presentes llenos de sabiduría, mientras avista el horizonte:

"Los yates blancos que al sol puesto cabalgan las aguas
anaranajadas del puerto deportivo y la risa,
bajo el bauprés, de amarras en la vidriera del mar;
llega allí antes de que oscile una luz verde en el mástil,
refluja el castillo de proa mientras el ocaso
cuelga de sogas y crucetas con un cielo lívido
como lilas, nublado con espuma de cerveza
herida por el sol, mientras las estrellas irrumpen
para ver morir la tarde. Esta hora azafrán, sus luces,
la habría escrito Dante, tres versos juntos, acorde,
su tensión, mudos compases que se rizan sacados
del Paraíso mientras escribe un bote neumático
versos con el parco metro del golpear de sus remos
y nosotros, hechizados, casi sin hablar podemos.
Más feliz que nadie ahora es aquel que con su amigo
de siempre bebe vino bajo el titilar de estrellas
y la firme lámpara de arco al final del andén"

Este es el penúltimo poema de Garcetas blancas, que aparece seis años después del último libro de Walcott: The prodigal. Y veinte después de su gran poemario. Omeros. Se trata de una edición bilingüe a cargo de Luis Ingelmo, que además ha escrito una muy buena introducción sobre el poeta y su obra ligada siempre a entender y comprender mejor este último libro. Él conoce su obra y la analiza bien, en relación permanente con la propia realidad del autor; como cuando hace referecia a la vuelta del Nobel a sus orígenes: "Surgió mi raza, igual que el mar, / sin nombres y sin horizontes". O como cuando hace referencia a la intención de Walcott de mirar al mar como madre de todo, presente y futuro: "Escuchamos la voz del poeta que le canta a la madre original, al abismo que le espera y para el que ya está preparado: por fin, con Leopardi, ser náufrago en el inmenso mar de la eternidad se le hará dulce". No faltan sus referencias a la función adánica de Walcott: "logrando con este gesto ser el primero que dice la cosa, que imprime la huella del lenguaje en los objetos, que, creándola lingüísticamente, la posee, tal y como hace Robinson Crusoe". O la gran influencia de la pintura y ciertos pintores en la lírica del poeta, como Winslow Homer (imagen del post) o Paul Cézanne; y, por supuesto, del por qué del título y la presencia de las garcetas blabncas sobrevolando los 54 poemas del libro.

Derek Walcott es el poeta, Ingelmo el que conoce su obra y yo alguien a quien, simplemente, le gusta sus emociones, ideas e imágenes hechos poesía desde aquel Omeros, por eso, sin más cháchará, dejaré escuchar la lírica del antillano:

De Garcetas blancas
Qué elegantes, con picos naranjas, las garcetas
blancas, cada una como un aguamanil de airado
paso, los gruesos olivos, cedros que consuelan
el rugir de un arroyo torrencial en el tiempo
de las lluvias; en esa paz, más allá de penas
y anhelos, la que acaso un día pueda alcanzar,
cuyas palmeras se encorvan como un palanquín
al sol con sombras tigresas a sus pies. Allí
estarán, después de que a mi sombra la releguen
a un denso matorral verde de olvido, cargada
de pecados, al salir y ponerse cien soles
en el valle de Santa Cruz, cuando en vano amé"

De Suite siciliana
"Nunca sabemos qué hará la memoria: mi cuerpo
vibraba emocionado, pensé que le crecían
alas a mi pulso y a Siracusa volaba,
a tu puerto, que su viaje volver suponía
a Sicilia y a su error soleado, allí donde
un buque cisterna en lo azul descansaba"

Sesenta años después
"En mi silla de ruedas en el lounge Virgin de Vieux
fort vi, ella sentada en su propia silla de ruedas,
su belleza encorvada como flor atortujada,
de la que habría dicho -también de mi juventud
y su fuego- que por siempre sería de oro y bella
y joven aunque yo me ajara. Era vieja, papada
triple tenía, una irresistible sonrisa presa
de arrugas, mas nos invadió un breve calor, inválidos,
odiando el tiempo y la mentira de los cumplidos.
Pequeñas olas rompen contra el muelle de piedra
en el que un barquero me dejó en la anaranjada
paz del ocaso, hace medio siglo, quizá más
feliz en posición erecta, cierva huraña ella,
yo al acecho de una consumación imposible;
nadie nos hacía juntos, al menos de paseo.
Dagas mudas del interfono hoy nos atraviesan.

38
En la orilla de la mente se acumulan las algas,
en la maraña de coronas, guirnaldas de flores;
el tumulto Atlántico de Cas-en-Bas sube y baja,
hondo suspiro, fleta el claro oleaje cual charca
de nenúfares con densos rizomas y los huecos
que se abren a olas que embisten sin fin, crestas de espuma
cual jinetes de África; llegas a una costa blanca
aun más honda que la marea; si el alma descansa,
Dakar es su siguiente playa. En la arboleda, a lomos
de caballos que relinchan, los turistas, tu nieta;
aquellos campos de algas ya alcanzan hasta Guinea.
Gavias baten las alas cual veleros cruzando aguas
separadoras, tintín de huesos y conchas. ¡Cuánta
carga, qué masa de tiempo aguantas, niña amazona,
cuánta ignorancia en las guirnaldas! ¡No expía esta imagen
los siglos: caballo, niña fulgente, arena y algas!

Y no faltan poemas sobre España, Barcelona, Europa, e incluso Obama como esperanza de renovación. Ahora ya termino con unos versos del poema número 28 que seguro nos resultan evocadores a todos: "A ambas lealtad y gratitud debo / por la red de luz que bailoteaba por las paredes / de la habitación".

WINSTON MANRIQUE SABOGAL

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