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“Baladas del dulce Jim”, de Ana María Moix 12/11/2010Publicado en Escuela de Letras



Bartleby Editores y los libros de poesía de la colección Lecturas21, con la publicación en 2006 de Puedo escribir los versos más tristes esta noche, de Félix Grande, Bartleby iniciaba una labor de saneamiento poético. Se trataba de recuperar –así lo confiesa el responsable de la colección, Manuel Rico– algunas de las obras más importantes de la poesía española, desde la Guerra Civil principalmente, bien porque habían caído en el olvido, bien porque solamente se encontraban en recopilaciones (que desmerecen la autonomía del poemario) o de forma fraccional y antologada. Cuatro años después, amén de la obra del señor Grande, el lector dispone en edición exenta de obras tan importantes como Tratado de urbanismo o Blues castellano. Pero además de esa labor de conservación, Lecturas21 rompe una lanza por la proyección.

El gesto de la recuperación supone la asunción de cierta tradición poética y, a su vez, la recomposición de cierto canon tácito, devolviendo a un lugar central la obra de poetas que se habían ido quedando misteriosamente al margen (pienso en resurrectos comos Diego Jesús Jiménez, pero también en otros como Miguel D’Ors o Manuel Padorno que todavía permanecen en el limbo injusto del greatest hits). Editar esas obras junto a un texto epilogal (“la lectura”) a cargo de poetas jóvenes nacidos entre los sesenta y los ochenta –que a menudo tienen la misma edad que las obras que comentan– supone una contribución interesante y novedosa al panorama poético. Novedosa porque, como explican en Bartleby, tales lecturas pretenden mostrar qué lugar ocupa la obra editada en la educación sentimental del joven autor («con los componentes emocionales, sentimentales, anímicos (no sólo de técnica poética), propios del joven de este siglo que lee un poemario de un autor consagrado probablemente publicado por vez primera décadas antes de que él naciera» –Manuel Rico dixit). Así, la lectura del libro se convierte en una pieza reversible: podemos leerla por su anverso poemático o por su reverso histórico. Esa novedosa lectura de revés es también, decía, interesante por eso que tiene de informativa: traza afinidades, agonías, relecturas o advierte de reverberaciones entre poetas. Y ese ejercicio, que puede parecer ligero o sentimental, es lo más cercano a una poética individual o a una reestructuración de las figuras del siglo XX en los cánones del XXI. Un ejercicio más cercano a lo que ya Gimferrer decía en su propia poética para Nueve Novísimos («prescindir de la elaboración, insufrible para mí, de una POETIKA (perdón Cortázar) al uso, tras los delirantes excesos de J.R.J. (véase “Estética y Ética Estética”) y de la mediocridad general de las poéticas insertadas en las antologías circulantes últimas y no tan últimas»). A veces lo que un poeta desea es decir, simple y llanamente, lo que le gusta. Y a veces «lo que me gusta es tocar la trompeta en una calle oscura; por eso escribí las Baladas del dulce Jim». Palabras éstas de Ana María Moix, en la misma antología novísima.

Y es que la primera obra de Moix, publicada en 1969, es el ejemplo más reciente de esas Lecturas21, rescatada este mismo octubre y leída por Pilar Adón (Madrid, 1971). Con ella se recupera una voz prácticamente escondida (es significativo que el ejemplar de su poesía completa que alberga la red de bibliotecas de Barcelona se hallara todavía hoy intonsa: tuve que echar mano de cúter), reconocida más bien por su labor como novelista a lo largo de todo el XX (su producción poética tiene unas fechas muy estrictas: 1969-1972).

Baladas del dulce Jim supone la acreditación poética para una poetisa que, sólo un año después, iba a sacar a la luz un libro descomunal como es No time for flowers (1970), con un fulgor y una fuerza parecidos al de Blanca Andreu y su Niña de provincias (1980). Siguiendo un estilo muy pero que muy similar al de su compañero de fatigas castelletescas, Leopoldo María Panero, en su primerizo Así se fundó Carnaby Street (1970), en las Baladas de Moix, poemario cuyo asunto me parece inenarrable (si bien Pilar Adón habla de adolescencia y madurez, de libertinaje formal), convergen motivos y referentes sacados directamente de la gran pantalla con biografemas de la propia Moix disfrazados de historieta neorromántica («Todo en la vida es como una canción», dirá en Nueve Novísimos). A nivel formal la autora realiza los primeros estiramientos para esa poesía al sprint que es No Time for flowers, con quien parece inexplicablemente conectada (persiste el tema del crimen, la ambientación mítica e incluso el eco de su anterior libro: en ambos libros se interpela a «Federico»). En cuanto a las Baladas, la naiveté de la rima facilona se da la mano con la seguridad terminal con que escribe «Todo esto sucederá siempre» o con el uso desenvuelto de la elipsis cinematográfica (ahí la proximidad con el Panero cinéfilo). Las nuevas formas de narrar del montaje cinematográfico, sin peajes explicativos ni espaciotemporales, devendrá a-narración en el texto poético, perdidos los recursos visuales de los que se vale el cine para desplazarse con facilidad en el tiempo y establecer relaciones lógicas en la historia que se cuenta. Un ejercicio que en No time for flowers será frenético.

Poesía del veinte, en el veintiuno.

UNAI VELASCO

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