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Retazos de infancia. Jorge Urrutia se adentra en su propia vida en su último libro 02/10/2010Publicado en Cuadernos del Sur (Diario Córdoba)



De todas las actividades creativas que conocemos del profesor Jorge Urrutia –poeta, filólogo, crítico o antólogo– es la menos difundida la de narrador. Pero lo cierto es que ya hace años escribió un primer texto, La travesía, que ahora es secundado por este otro que titula De una edad tal vez nunca vivida, y que ofrece como una colección de cuarenta breves relatos que el lector habrá de saborear sabiendo que se sustenta en tres conceptos: el tiempo y su recuerdo (a ellos alude el texto inicial de Albert Camus y los cuatro primeros renglones de la primera historia), la presencia viva del padre real del autor (Leopoldo de Luis, “quien a la luz de un quinqué de petróleo escribía poemas y comprobaba que yo hacía los deberes”), y la autobiografía (ya que el narrador habla de sí mismo confundiéndose con el autor y trasegando al texto las memorias de su infancia). Hay un cuarto elemento –llamémosle histórico– que ensambla los argumentos desde la perspectiva de presentar hechos narrados sobre personajes que, políticamente, pertenecieron al bando de los vencidos en la Guerra Civil, aspecto insinuado también desde el primer título Respirar por la herida, pues “un día al menos leíamos una carta que llegaba desde el penal de Burgos”.

Jorge Urrutia adopta en este libro el papel de coleccionista de estampas, pues muchos de estos relatos son precisamente eso, estampas, escenas breves narradas con mínimos detalles y el menor movimiento o progresión argumental. Casi siempre se trata de una anécdota, un suceso, un recuerdo que al pasar, como una flecha, por la mente del narrador lo obliga a reflejarlos con esa fugacidad de la memoria. Aunque en esa fugacidad quedan prendidos, estáticos e inmutables, momentos que el narrador fija con sus descripciones impresionistas: “Por la ventana, Gibraltar era sólo una roca para sujetar las nubes”. Y algo indudable es que en cada texto del libro se perfila la vasta cultura literaria del autor (véase como ejemplo Canción de gesta y las menciones de poetas o citas de sus versos); y con frecuencia resalta igualmente su profesión de lingüista convencido: “... Lo que importa es la chicha de la significación y no tanto la cáscara del significante”. Así que lo que hay en este volumen es mucho deseo de contar, de reflexionar mientras se historia el suceso, de disfrutar creando, porque –según Urrutia– “la importancia radica en la escritura, en la posibilidad de hacer mía, siquiera por una vez, la palabra”. De esta idea, sin duda, procede el uso de juegos de lenguaje y la prioridad que se concede a la lengua: “Al cabo de los años, tengo la sensación de que no he hecho sino viajar por el interior de la lengua”. Creemos sobresaliente en este sentido el agudo capítulo titulado La lengua materna.

Algunas de estas prosas son reflexiones personales o relatos referidos a miembros de la familia del propio narrador, que al fin y al cabo cuenta lo que ha oído, lo que recuerda, lo que ha vivido y ahora, en su presente, se acerca brumoso como “una penumbra cenicienta que sin embargo clarea” en su escritura. En su palabra, que conforma en este libro un auténtico estilo individual, buscado en conciencia, “porque sólo por su lengua existe un escritor. Porque sólo es verbo y verbo personal”. Personal, pero también original, coherente por sus ideas, concatenado generalmente alrededor de una expresión o de un único vocablo, transcrito con una prosa ágil y atractiva, atenta a los secretos del lenguaje y la creación; en resumen, una prosa digna de ser leída.

De todos modos, a pesar de que el narrador hable de él, precisa que los que importan son “los protagonistas que contemplo y los retazos del ambiente en que me hice”; y acto seguido apela al lector para que este “una luego con el pegamento de sus propios recuerdos y la amalgama de sus fantasías”. Y como su memoria, la que él quiere recomponer, le queda ya borrosa y lejana, aparece fragmentaria y dudosa, y por ello titula todo el libro De una edad tal vez nunca vivida, razón además de que confiese, ya en las últimas páginas, que “He pisado de nuevo las calles de mi infancia y sólo me conocen las adelfas”.

ANTONIO MORENO AYORA

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