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Diario de una novela: Las cartas de "Al Este del Edén" - John Steinbeck. 02/10/2010Publicado en El síndrome de Chéjov (Blog)



Siguiendo con el repaso a algunas lecturas veraniegas, traigo aquí unos fragmentos de Diario de una novela: Las cartas de "Al este del Edén", de John Steinbeck, editado por Bartleby editores. En este diario se reproducen los cuadernos en los que Steinbeck iba comentando, en su lado izquierdo, las evoluciones, dudas, sufrimientos y avances en la escritura de su obra maestra, Al este del Edén, que redactaba en el lado derecho. Es quizás el libro perfecto para recomendar a aquel joven autor que se encuentra afrontando un texto largo, porque consuela muchísimo la pasión, la certeza de querer escribir por encima de cualquier otra cosa de Steinbeck, pero también sus dudas a veces infantiles, sus devaneos ingenuos con la cotidianidad, cómo sorteaba los inconvenientes familiares y la falta de lápices adecuados, con el mismo énfasis que describe su afán por plasmar la historia bíblica de Caín y Abel. Es uno de esos libros que igualan al escritor Nobel con el común de los mortales, y que alimenta la fe en la literatura entendida como un pelear constante, y sin fruto casi siempre, en pos de la página.

El oficio, o el arte de escribir, es el torpe intento de encontrar símbolos para lo que no se puede expresar con palabras. En una soledad absoluta, un escritor intenta explicar lo inexplicable. Y a veces, si la suerte se conjuga con el momento justo, puede llegar a sublimar un poco, sólo un poco, de lo que está intentando expresar. Y si uno es lo suficientemente consciente como para saber que no será capaz de lograrlo, entonces es que no es un escritor, en absoluto: quien de verdad lo es siempre trabaja con lo imposible.

Puede que éste sea el único libro que haya escrito jamás. Creo que cada hombre está destinado a uno solo. Cierto es que un hombre puede cambiar, o evolucionar de tal modo que se convierta en otro, por lo tanto, obtenga otro libro, pero no creo que ése sea mi caso.

Siento cómo la esencia creativa recorre todo mi ser buscando una salida para manifestarse, igual que el semen, concentrado en el hombre, pugna por emerger. De esto espero que surja algo hermoso y sincero: lo intuyo (aquí sigue en vigor el símil anterior).

Tom, mi hijo, tiene algún tipo de problema: se lo vi en sus ojos, en la actitud que tuvo ayer al esconder tan desabridamente sus emociones. No sé qué hacer, pero he de ayudarle. Se ha vuelto taciturno y Gwyn dice que descarado.  Sé lo que es eso. Y por si fuera poco, está la mentira que va contando de que yo le voy a buscar todos los días al colegio: no diría eso, si no tuviese la necesidad real de que fuese verdad. Creo que lo mejor será que me acerque al colegio y hable con los que lo tratan cada día y lo conocen mejor. Eso haré. Y ahora, al trabajo.

No podría decir que ésta haya sido una buena semana, pero hago lo que puedo, el libro va hacia delante poco a poco; nunca retrocede, sino que acumula la tensión y eso es, exactamente, lo que quiero, e intento, que haga. Soy consciente de que la gente está acostumbrada a una tensión casi continua, llena de acción, y que yo esté realizando lo contrario, no será para ti, precisamente, algo bueno a la hora de editarlo. Sucede lo mismo con el teatro de hoy en día: si no gritan y se mueven continuamente por el escenario, no tiene éxito: es como si la gente hubiese perdido el don de escuchar, a lo mejor, nunca lo han tenido, quién sabe. Los libros que ahora admiramos, no tuvieron casi ningún éxito en la época en que fueron escritos. Sé que Moby Dick, tan ensalzado actualmente, no vendió todos los ejemplares de su primera y escasa tirada ni en diez años, y puede que este libro corra igual, o incluso peor, suerte; lo tildarán de anticuado y pasado de moda, cosa cierta en gran medida, ya que uno ha de fijarse mucho para encontrar la cantidad de innovaciones que estoy introduciendo. Digamos que, con respecto a su desarrollo, está más cerca de un Fielding que de un Hemingway, así que, a los incondicionales de Hemnigway no les gustará. Habrás notado que a los jóvenes sólo les entusiasma una clase de libro, es como si no supieran que hay más, no amplían sus gustos. Yo mismo, de joven, era igual; me acuso de cometer el mismo delito.

Me pasé todo lo que quedaba de tarde con el sacapuntas, monté y desmonté su motor no sé cuántas veces. Vi que tenía una mina que lo atascaba, improvisé sobre la marcha pero lo arreglé, y es todo un mérito porque no tengo ni idea de motores.

Un libro es como un hombre: inteligente y estúpido, valiente y cobarde, hermoso y feo. Por cada página lograda, habrá otra malograda; como una bella flor y un desafortunado cruce de perro sarnoso. Por cada expresión sublime, habrá otra torpe; como un gracioso giro en rizo y el patoso batir de unas alas de cera que no soportan acercarse demasiado al sol.

MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

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